La imagen clásica del pánico en banca, con clientes agolpándose para retirar sus depósitos, ha evolucionado. Frente a esta estampida visible, surge una amenaza silenciosa pero igual de peligrosa: una fuga paulatina de clientes y capital hacia entidades financieras que operan con mayor velocidad, flexibilidad y transparencia, amparadas en una infraestructura tecnológica avanzada y la integración inteligente de la inteligencia artificial (IA).
A medida que la inversión en IA se acelera, los pagos en tiempo real se consolidan y regulaciones europeas como DORA (Digital Operational Resilience Act) y la Ley de IA de la UE exigen mayores niveles de resiliencia y transparencia, la banca tradicional se ve sometida a una presión sin precedentes.
De hecho, el sector financiero destaca como uno de los mayores inversores y adoptantes de IA. Según datos de S&P Global Market Intelligence, en 2025 el 54% de las entidades financieras implementaron iniciativas de IA, frente al 46% de otros sectores. Esta aceleración tecnológica responde a tres grandes demandas: los clientes quieren experiencias instantáneas y personalizadas, los reguladores exigen mayor claridad en los procesos, y la rentabilidad depende cada vez más de la capacidad para gestionar grandes volúmenes de datos con eficacia.
Los consumidores tienen expectativas cada vez más inmediatas. Un estudio de CRIF reveló que el 30% de los británicos desearían que sus solicitudes de cuentas de ahorro se resolvieran en cuestión de minutos, mientras que un 14% esperaría aprobación de préstamos en el mismo lapso y otro 16% en el plazo máximo de una hora. Sin embargo, muchas entidades bancarias mantienen sistemas centrales diseñados para entornos menos dinámicos, lo que limita su capacidad de respuesta y adaptación.
Este desfase genera un fenómeno que podría definirse como la «corrida silenciosa»: no se trata de una retirada masiva y súbita de clientes, sino de un desplazamiento progresivo de depósitos y operaciones hacia competidores digitales más rápidos y ágiles, cuyos sistemas pueden tomar decisiones y ejecutar transacciones en tiempo real mediante plataformas autónomas de finanzas impulsadas por IA.
El auge de las finanzas autónomas
La IA ha dejado de ser solo un soporte para análisis y recomendaciones y se está convirtiendo en el motor de decisiones automáticas en ámbitos críticos como la gestión de liquidez, pagos, riesgos y asignación de capital. Esta evolución hacia unas finanzas autónomas plantea que la velocidad y la capacidad de adaptación serán los nuevos ejes de la competitividad en la banca.
En ese contexto, los sistemas de IA no solo influyen en la experiencia digital del cliente sino que dirigen en gran medida el flujo financiero hacia las entidades que pueden responder de manera ágil y efectiva. La infraestructura tecnológica subyacente, su resiliencia y transparencia, define cada vez más qué bancos serán capaces de mantener la confianza y la cuota de mercado.
La pesadilla del ‘núcleo extraño’
Uno de los grandes obstáculos para la transformación es el fenómeno conocido como “núcleo extraño”. Muchas entidades han sumado tecnologías novedosas encima de sistemas heredados, sin sustituirlos, generando entornos complejos y poco transparentes. Aunque fiables en cierta medida, estos ecosistemas son difíciles de gestionar, entender y modernizar.
Para que las plataformas autónomas funcionen segura y eficazmente, requieren datos de confianza, procesos claros y tecnología observable. Sin embargo, la amalgama tecnológica actual dificulta cumplir estos requisitos, elevando el riesgo operativo y entorpeciendo la implementación ágil de nuevas capacidades.
De la deuda técnica al riesgo empresarial
El impacto excede lo puramente tecnológico. Según un informe de Accenture sobre tendencias bancarias para 2026, el 70% del presupuesto informático de los bancos se destina a mantener sistemas legados, restringiendo la innovación y el crecimiento en la parte trasera. Esto se traduce en mayores tiempos para lanzar productos y dificultad en incorporar servicios en tiempo real o soluciones basadas en IA.
Al mismo tiempo, la regulación aumenta la presión para garantizar resiliencia, transparencia y responsabilidad, especialmente cuando la IA se incrusta en procesos críticos. Sin una infraestructura con visibilidad suficiente, las instituciones financieras se ven expuestas a riesgos y limitadas para demostrar cumplimiento normativo.
Por lo tanto, la aptitud para modernizar la infraestructura tecnológica es ya un asunto estratégico de máxima prioridad para la alta dirección y los órganos de gobierno, que deben equilibrar la innovación con la seguridad y la regulación.
La modernización empieza por conocer el terreno
No es posible avanzar sin comprender a fondo el ecosistema tecnológico existente. Antes de desplegar IA o transformar sistemas, los bancos deben mapear integralmente sus activos tecnológicos para evitar que la complejidad aumente y provocar efectos adversos.
Tratar de incorporar automatización impulsada por IA en ambientes con procesos opacos y decisiones no trazables aumenta la probabilidad de fallos y errores. Por eso la observabilidad y la transparencia se convierten en prerrequisitos para la adopción segura de tecnologías autónomas.
La modernización no implica necesariamente sustituir por completo toda la infraestructura antigua. Muchas entidades pueden avanzar por etapas, concentrándose en áreas de alto valor mientras se mantiene la estabilidad operativa. La clave es saber qué existe para decidir adecuadamente qué cambiar, priorizando velocidad, transparencia y capacidad de adaptación continua.
En definitiva, el futuro de la banca pasa por quién puede implementar la IA a escala y de manera confiable, soportada sobre cimientos tecnológicos preparados para operar en un mundo financiero cada vez más automatizado e inmediato. Quienes ignoren este desafío, aunque no pierdan clientes de golpe, irán quedando rezagados frente a competidores más veloces, perdiendo terreno en la carrera por controlar la relación con el cliente y la actividad financiera.
Este “silent run” es la amenaza real a la que las entidades deben adaptarse cuanto antes para sobrevivir y prosperar en la próxima década.
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