Recorrer las calles de cualquier ciudad estadounidense sin auriculares revela una realidad sonora poco placentera: el entorno está dominado por el ruido del tráfico, la música de los comercios y eventos privados, y el acceso a música colectiva suele requerir pagar una entrada o asistir a fiestas autorizadas. El espacio público se muestra ruidoso pero no verdaderamente compartido, y el sonido comunal casi siempre tiene un coste.
Este fenómeno es el punto de partida para la tesis de posgrado de Mariami Kurtishvili, alumna de la Universität der Künste de Berlín, que aborda el problema de la sonoridad pública desde una perspectiva creativa y funcional. A lo largo de la historia, desde los antiguos anfiteatros romanos hasta los opulentos teatros renacentistas o los espacios privados contemporáneos, la organización del sonido público siempre ha reflejado la jerarquía social, definiendo quién puede escuchar y quién debe financiar esa experiencia.
Además, la intervención permanente en la vía pública requiere permisos municipales, la perforación o modificación del mobiliario urbano y grandes inversiones, recursos al alcance de pocos, especialmente para estudiantes o artistas emergentes. Ante este desafío, surge la pregunta: ¿cómo proveer sonido común en la ciudad sin poseer muros, alquilar escenarios ni dañar infraestructuras?
La respuesta de Kurtishvili, desarrollada bajo la supervisión del arquitecto Gustav Düsing en el programa de diseño-constructivo de UdK Berlín, es el Orchid Sound System. Se trata de un conjunto de bocinas de acero inoxidable para frecuencias altas, que se sujetan mediante abrazaderas de acero galvanizado similares a las empleadas en andamios o embalajes industriales.
A diferencia de los altavoces anclados con tornillos o incrustados en paredes, estas bocinas se ajustan alrededor de postes ya existentes en la ciudad —farolas, señales de tráfico, tuberías expuestas— sin necesidad de herramientas que dañen la superficie. Tras la instalación, el poste permanece intacto, sin señales visibles de la intervención.
El nombre del sistema, Orchid, hace alusión a las orquídeas epífitas, que se posan sobre árboles sin extraer nutrientes, utilizando a las plantas como soporte temporal y sin dañarlas. De forma análoga, los altavoces toman prestada la altura y estabilidad de la infraestructura urbana solo durante unas horas, devolviendo a cambio sonido, mensaje y una nueva dimensión temporal a elementos cotidianos y habitualmente ignorados.
El proyecto evita la monumentalidad o permanencia propia de las obras artísticas tradicionales. En lugar de destacar como objetos escultóricos fijos, estas bocinas desaparecen al concluir el evento. Las sesiones de escucha organizadas por Kurtishvili en distintos puntos de Berlín demostraron que los destinatarios acudían no a admirar el dispositivo, sino a compartir una experiencia sonora convertida momentáneamente en propiedad colectiva y ligada a un espacio concreto donde varios desconocidos coinciden.
Este concepto recupera y convierte en diseño intencionado la idea de la música compartida en espacios abiertos, algo conocido en la cultura americana a través del uso del radiocasete en la calle, sistemas de sonido en reuniones al aire libre o altavoces portátiles en parques. Orchid Sound System profesionaliza esta fórmula, eliminando las tradicionales barreras asociadas a daños o costes, y proporcionando así un sistema físico que se adapta a la ciudad sin necesidad de permisos o propiedad.
Aún está por verse si este innovador diseño logrará superar su etapa académica y será manufacturado a gran escala, dado que muchas propuestas estudiantiles no realizan este salto con facilidad. Sin embargo, su planteamiento fundamental —utilizar la infraestructura urbana existente para generar cultura sonora sin anclajes permanentes ni modificaciones estructurales— ofrece una perspectiva valiosa para recuperar y democratizar el sonido en el entorno público.
En un contexto donde el espacio público se vuelve cada vez más comercializado y vigilado, un altavoz que se engancha a un poste, cumple su función durante una noche y desaparece sin rastro representa una pequeña pero significativa respuesta a la erosión de las experiencias sonoras compartidas en la ciudad.