Actualmente, la Antártida es un vasto desierto helado cubierto en un 90% por una capa de hielo de varios kilómetros de espesor. Sin embargo, investigaciones recientes del Instituto Alfred Wegener en Bremerhaven, Alemania, han demostrado que hace unos 90 millones de años, durante el período Cretácico Superior, esta región era un denso bosque tropical donde además se producían incendios forestales regulares, convirtiéndose en el lugar más austral del planeta donde se han registrado fuegos ancestrales.
El estudio, publicado el 7 de septiembre de 2026 en la revista científica Communications Earth and Environment, ha analizado detalladamente núcleos de sedimentos extraídos en la actual parte occidental de la Antártida, encontrando evidencias directas que corroboran la existencia de incendios en aquel remoto pasado geológico.
Un Polo Sur cubierto de selva
En 2020, ya se habían identificado indicios de una antigua selva tropical en la región del Mar de Amundsen, en la Antártida Occidental. Estos restos contenían suelos forestales excepcionalmente bien preservados con abundante polen, esporas y una densa red de raíces, lo que revela un ecosistema templado y húmedo situado apenas a 900 kilómetros del polo magnético. Durante aquella época, las temperaturas medias rondaban los 12 ºC y se alternaban temporadas de luz y oscuridad, dry spells y monzones, condiciones muy diferentes a las gélidas de hoy.
Johann Klages, coautor del informe, explicó: «Durante el Cretácico, cuando los niveles atmosféricos de CO2 eran entre cuatro y seis veces mayores que en la actualidad, predominaba un clima cálido y húmedo en regiones próximas al Polo Sur».
Pruebas de incendios forestales ancestrales
El análisis del núcleo sedimentario reveló tres tipos de evidencia que apuntan a la presencia recurrente de incendios. Primero, se identificaron diminutas partículas de carbón vegetal, producto de la combustión lenta de maderas de coníferas blandas, señalando que los incendios afectaban principalmente la superficie y no el dosel arbóreo completo.
En segundo lugar, se encontró ámbar fosilizado, que se interpreta como resina derramada sobre los troncos para proteger las zonas dañadas por el fuego.
Por último, la abundancia de esporas de musgo de turba apunta a la formación de humedales y turberas en estas tierras, vinculadas a la frecuencia de incendios que impedían la evolución de un bosque cerrado y favorecían la acumulación de materia orgánica en suelos anegados.
Un paisaje muy diferente al actual
Hace 90 millones de años, la Antártida todavía estaba parcialmente ligada a Australia y el ambiente presentaba estaciones marcadas y condiciones propicias para tormentas monzónicas con relámpagos, que probablemente desencadenaban gran parte de los incendios. «Estos incendios frecuentes mantuvieron el paisaje abierto y permitieron la evolución de turberas similares a las que hoy se encuentran en regiones árticas», asegura Ulrich Salzmann, otro de los autores del trabajo desde la Universidad de Northumbria, Inglaterra.
Implicaciones para el cambio climático
Las turberas actúan como sumideros de carbono, almacenando grandes cantidades durante miles de años. En climas cálidos, la sequedad facilita la aparición de incendios que evitan la regeneración forestal, favoreciendo la creación de estos ecosistemas únicos y su capacidad para secuestrar carbono. Thorsten Bauersachs, investigador de la Universidad RWTH de Aachen, destaca la relevancia que tienen estos procesos pasados para comprender mejor el equilibrio climático actual y futuro.
Finalmente, Klages subraya: «Nos sorprendió constatar que este primitivo ecosistema polar, que se encontraba junto al Polo Sur, compartía muchas características con las turberas árticas actuales, incluyendo la presencia habitual de incendios».
Este hallazgo amplía nuestra comprensión de la evolución climática y ecológica de la Tierra, mostrando que regiones hoy inhóspitas albergaron en el pasado ambientes tropicales dinámicos moldeados por fuegos recurrentes.