El aumento del gasto militar puede agravar el cambio climático y comprometer la seguridad global, alertan expertos

Según especialistas en la revista BMJ, incrementar la inversión en defensa no solo no resuelve el cambio climático, sino que podría poner en riesgo la seguridad mundial al intensificar conflictos y crisis ambientales.

El creciente gasto militar, promovido por la percepción del cambio climático como un «multiplicador de amenazas», no representa una solución efectiva para enfrentar la crisis ambiental y podría, de hecho, agravarla, además de poner en peligro la seguridad global, advierten expertos en un artículo de la edición especial sobre clima de la revista The BMJ.

Neta Crawford, profesora de la Universidad de St Andrews, destaca que la narrativa que vincula el calentamiento global con un mayor riesgo de inestabilidad política y conflictos armados está siendo utilizada por gobiernos para justificar aumentos significativos en sus presupuestos de defensa. Sin embargo, esta estrategia es peligrosamente contraproducente.

El problema reside en que el gasto militar no se traduce en medidas efectivas de mitigación climática. Por el contrario, las fuerzas armadas son una fuente considerable de emisiones de gases de efecto invernadero, un factor frecuentemente subestimado en los debates sobre cambio climático. Las operaciones militares, la producción y mantenimiento de armamento, y la logística relacionada implican un alto consumo energético y emisiones contaminantes.

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Además de su impacto ambiental directo, la ampliación del gasto militar puede impulsar una carrera armamentística que intensifique tensiones internacionales y conflictos, lo que a la larga podría desestabilizar regiones enteras y exacerbar los efectos sociales del cambio climático, como el desplazamiento masivo de personas y la inseguridad alimentaria.

Los expertos señalan que, en lugar de aumentar la inversión en defensa como respuesta a las amenazas que genera el cambio climático, los gobiernos deberían prestar atención a políticas integradas que combinen la reducción de emisiones, la cooperación internacional para el desarrollo sostenible y medidas de prevención de conflictos.

En este contexto, el gasto público destinado a la defensa podría ser redirigido hacia la transición energética, la innovación en tecnologías limpias y el fortalecimiento de sistemas de adaptación y resiliencia comunitaria ante fenómenos climáticos extremos. Esta estrategia no solo contribuiría a mitigar el cambio climático sino que también promovería una seguridad más sostenible y duradera.

La reflexión de Crawford recalca la importancia de deshacer la asociación automática entre cambio climático y conflicto armado, y evitar que esta percepción se traduzca en políticas que puedan empeorar el problema en lugar de resolverlo. La clave está en sustituir lógicas militares por enfoques basados en la cooperación, la justicia social y la protección medioambiental.

En definitiva, la comunidad científica y política debe reconsiderar las prioridades y formas de inversión para enfrentar el cambio climático y preservar la seguridad global, evitando que el aumento del gasto militar se convierta en un obstáculo para avanzar hacia un futuro más seguro y sostenible.

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