Europa ante el reto de la soberanía digital: clave para su competitividad y autonomía económica

La dependencia digital europea pone en riesgo su soberanía y competitividad económica. La solución pasa por cooperar, potenciar el software de código abierto y priorizar la compra, venta y financiación de tecnología europea.

Durante casi dos décadas, he dedicado gran parte de mi carrera a desarrollar infraestructuras en la nube europeas y a denunciar que la dependencia digital de Europa constituye un problema existencial para su autonomía. Durante años, parecía como si hablara al viento: funcionarios gubernamentales asintiendo educadamente mientras firmaban nuevos contratos con los gigantes tecnológicos estadounidenses, y en conferencias industriales se debatía sobre «autonomía estratégica» para olvidarlo al rato.

Hoy, el panorama ha cambiado radicalmente. La llamada de atención no surgió tanto de la constatación de monopolios o de regulaciones, sino de las tensiones geopolíticas y el reconocimiento de la fragilidad de nuestra sociedad frente a esos poderes externos.

El verdadero problema: la pérdida de competitividad

En la actualidad, la discusión sobre la soberanía digital en Europa está marcada por el temor. Los gobiernos han comprendido que depositar toda la infraestructura de la sociedad en manos de unos pocos controlados por terceros equivale a poner el destino en sus manos — países como Dinamarca y Suecia ya han tomado nota de esta realidad, y el resto de Europa se está sumando rápidamente.

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No obstante, lo que me preocupa aún más que este riesgo evidente es la cascada silenciosa de pérdida de competitividad europea. La vulnerabilidad es un tema crucial, sí, pero resulta un problema más sencillo. La cruda verdad es que Europa ha estado perdiendo terreno durante 25 o 30 años, de manera paulatina, como una rana en agua hirviendo, y sólo ahora empezamos a sentir el impacto.

Para ilustrar esta tendencia, en 2008 las economías de la Unión Europea y Estados Unidos estaban más o menos a la par; hoy, el PIB estadounidense supera en casi un 50% al europeo, una diferencia que en su día habría parecido imposible dada la magnitud de ambos mercados. Este cambio radical se debe fundamentalmente a la digitalización, que genera gran riqueza a una escala inédita, pero cuya mayor parte no se crea ni retiene en Europa.

Mientras los europeos se han convertido mayoritariamente en consumidores digitales, comprando productos y servicios innovadores de fuera, nuestra capacidad innovadora se erosiona, financiando indirectamente a las empresas que nos adelantan.

Una brecha económica y tecnológica difícil de ignorar

Los datos revelan una situación alarmante: NVIDIA, por ejemplo, tiene un valor de mercado aproximado que equivale a toda la producción económica anual de Alemania. Las denominadas «Siete Magníficas», el grupo de gigantes tecnológicos estadounidenses, pesan en conjunto más que todo lo que produce la UE en un año. Mientras, las organizaciones europeas, públicas y privadas, invierten sumas significativas en estas compañías extranjeras sin conseguir construir alternativas competitivas propias.

Además, los monopolios tecnológicos actuales superan con creces a los viejos monopolios de telecomunicaciones que se derribaron en Europa en los años 90, como la estatal Televerket sueca, que ahora nos parece casi modestamente local. Sin embargo, hemos fallado en adoptar medidas efectivas para frenar esta concentración digital y sus consecuencias.

La resiliencia tecnológica no basta por sí sola. La verdadera prueba será la competitividad económica. Sin ella, Europa carecerá de los recursos necesarios para mantener sistemas clave como la defensa, la sanidad o el estado del bienestar.

La cooperación y el papel del código abierto

La solución pasa por la cooperación, cuyo mayor exponente en tecnología es el software de código abierto. Europa sufre de un problema de colaboración: las administraciones operan aisladas, replicando esfuerzos y suscribiendo contratos independientes con los mismos proveedores extranjeros.

Imaginemos otro camino: que estas instituciones colaboren en plataformas comunes de código abierto en lugar de costear por separado soluciones propietarias, muchas veces mal adaptadas a las condiciones locales. En Suecia, por ejemplo, se han gastado miles de millones en software empresarial extranjero que ha requerido amplias consultorías para adecuarse, solo para acabar siendo un fracaso. Ese dinero podría haberse invertido en crear plataformas colaborativas que sirvieran a gran parte del sector público escandinavo y europeo.

Proyectos abiertos como OpenStack y Kubernetes son fundamentales en este sentido, pues ofrecen una base neutral y compartida para construir infraestructuras digitales sin depender de un proveedor o poder extranjero único. Aunque la capa de infraestructura no sea muy vistosa, en ella reside la esencia de la soberanía.

Tras más de diez años colaborando con la OpenInfra Foundation, puedo afirmar que ahora el código abierto es más relevante y necesario que nunca.

Comprar, vender y financiar tecnología europea

Pero el software abierto solo no basta. Europa debe cambiar su forma de gastar recursos. Soy un creyente en el libre mercado global, pero estos 15 años intentando reformas internas me han demostrado que sin un esfuerzo decidido para adquirir tecnología europea, nadie más lo hará. Las ventajas estructurales de los gigantes tecnológicos actuales son tan abrumadoras que las buenas intenciones y reformas de compra pública no equilibran el terreno.

La iniciativa EuroStack, liderada por Cristina Caffarra, sintetiza tres pilares para un cambio real:

  • Comprar europeo: Mientras el Departamento de Defensa estadounidense no llama a empresas europeas para proyectos de inteligencia artificial, y China no contrata a Amazon para infraestructura en la nube, Europa hace justo lo contrario, favoreciendo proveedores foráneos y dificultando la competencia local. La evaluación en la contratación pública no valoriza la innovación, sino quién revende más barato, y eso debe cambiar para que las empresas europeas alcancen escala global.
  • Vender europeo: No se trata de crear tres nuevos hiperescaladores, sino de cerrar la brecha tecnológica mediante capas comunes y abiertas donde múltiples actores puedan contribuir e interoperar efectivamente, permitiendo que las empresas europeas ofrezcan innovación real y adaptada a los clientes.
  • Financiar europeo: Es fundamental invertir en proyectos con verdadero potencial comercial, no en investigaciones sin intención de aplicación práctica. La financiación ha de generar transformaciones significativas que reduzcan la brecha digital.

Elegir tecnología europea no debe interpretarse como proteccionismo, sino como invertir en nuestra base innovadora. Estados Unidos y China lo hacen; Europa es el único bloque económico que aún cree que eso contradice sus principios. Mientras tanto, nuestros impuestos siguen financiando a quienes nos dominan.

Una transformación generacional que comienza ahora

Reconozco que no transformaremos 30 años de dependencia digital en un solo ciclo presupuestario, pero por primera vez en décadas, Europa está receptiva al cambio y se está forjando la voluntad política necesaria.

Según una encuesta reciente de Gartner, el 61% de los directores de tecnología (CIOs) de Europa occidental planean aumentar su dependencia de proveedores locales y regionales de nube por motivos geopolíticos. La iniciativa EuroStack ha conseguido el respaldo de cientos de CEOs tecnológicos y gobiernos de países como Francia, Alemania y los estados nórdicos dan pasos concretos.

La ventana de oportunidad está abierta pero no permanecerá así eternamente. Europa debe dejar de hablar para comenzar a construir. La soberanía digital no es un fin en sí misma, sino la herramienta imprescindible para asegurar la competitividad, independencia económica y modo de vida europeo para las próximas generaciones.

Suecia no tendrá soberanía sin soberanía digital, ni tampoco ningún otro país europeo. Ha llegado el momento de arremangarse y actuar.

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