El pasado 5 de octubre de 2026, un satélite meteorológico de la era soviética conocido como Meteor 2-7 se rompió en órbita baja terrestre, generando decenas de fragmentos que podrían poner en riesgo a otras naves que transitan por esa región. La empresa especializada en el seguimiento de satélites y basuras espaciales, LeoLabs, fue la encargada de detectar el evento mediante sus radares, ubicados en diferentes partes del mundo, y alertó sobre la posible amenaza que estos restos suponen para la seguridad en el espacio.
Meteor 2-7 fue lanzado en 1981 y formaba parte de una serie de satélites dedicados a la observación meteorológica, con la misión principal de monitorear las nubes y recopilar datos atmosféricos. Sin embargo, lleva décadas fuera de servicio y orbita a una altitud situada entre 800 y 900 kilómetros sobre la superficie terrestre. En estas alturas, la atmósfera es demasiado tenue para frenar rápidamente los objetos que se encuentran en órbita, lo que hace que los fragmentos generados permanezcan en el entorno espacial durante décadas o incluso siglos, según recuerdan expertos de la NASA.
El sistema de radar LeoLabs Delta detectó varias piezas alrededor del satélite cuando estaba pasando sobre Australia Occidental. Posteriormente, otras observaciones confirmaron la fragmentación. Esta fue la última de varias rupturas detectadas por la misma red de radares en los últimos seis meses, lo que indica un patrón preocupante para la seguridad y sostenibilidad del espacio orbital. La acumulación continua de escombros hace que el entorno se vuelva cada vez más peligroso.
Respecto a las causas, todavía no hay una conclusión definitiva. Se barajan dos hipótesis principales: una posible explosión debida a un fallo interno del satélite o una colisión con otro objeto espacial. Jim Shell, experto en residuos orbitales, ha ubicado el momento exacto del incidente a las 09:45 UTC del 5 de octubre de 2026, con un margen de 10 minutos. Shell apunta que el evento tuvo lugar en un área con alta densidad de residuos y que podría haberse debido a un impacto, aunque seguramente la causa exacta se quedará sin resolver.
Esta ruptura se suma a otros incidentes recientes, como la fragmentación del satélite Starlink 34343 de SpaceX en marzo de 2026, que provocó la creación de numerosas piezas tras una anomalía interna, y la desintegración en agosto del cuerpo de un cohete chino Long March, que generó hasta cientos de fragmentos. La frecuencia de estos eventos reduce significativamente las zonas seguras para la operación espacial.
La velocidad a la que orbitan estos objetos —unos 28.000 km/h— hace que incluso pequeños fragmentos puedan causar daños críticos a satélites y estaciones espaciales. Según estimaciones oficiales, existen cientos de miles de objetos de más de un centímetro y millones de fragmentos aún más pequeños orbitando alrededor de nuestro planeta, multiplicando el riesgo de colisiones catastróficas.
Este incremento constante de desechos en órbita puede conducir al llamado Síndrome de Kessler, un efecto dominó en el que una colisión genera escombros que a su vez provocan más choques, originando una nube incontrolable de basura espacial que podría hacer ciertas regiones orbitales intransitables. Esta hipótesis fue formulada en 1978 por los científicos Donald Kessler y Burton Cour-Palais, alertando desde hace décadas sobre los peligros de no controlar el problema de los residuos en el espacio.
En definitiva, la desintegración del satélite Meteor 2-7 representa un nuevo capítulo en el creciente problema de la basura espacial y subraya la necesidad urgente de implementar medidas de mitigación y gestión de residuos para proteger la funcionalidad y seguridad del entorno orbital en el futuro.