El zafiro es la piedra de nacimiento del mes de septiembre y un pariente cercano del rubí, la gema propia de julio. Ambos son variedades cristalinas del mineral corindón, una forma cristalina de óxido de aluminio. La diferencia radica en el color: si el corindón es rojo se denomina rubí, mientras que todas las demás variedades de calidad gema se conocen como zafiros.
Con una dureza de 9 en la escala de Mohs, el zafiro es solo superado por el diamante en resistencia y durabilidad. Esta característica lo convierte en una piedra especialmente apreciada para joyería, incluyendo anillos de compromiso, donde el tradicional zafiro azul es un clásico muy valorado.

Los zafiros suelen asociarse con la gama de azules que van desde un celeste muy pálido hasta un índigo intenso. Su color depende de la presencia de titanio e hierro en la estructura cristalina, siendo el azul “aciano” —un tono medio y profundo— el más apreciado. Sin embargo, el zafiro natural se presenta en otros muchos colores, incluyendo incoloro, gris, amarillo, rosa pálido, naranja, verde, violeta y marrón. Estas variedades multicolores, conocidas como zafiros fantásticos o “fancy sapphires”, adquieren su pigmentación debido a distintas impurezas dentro del cristal, como el hierro férrico en los zafiros amarillos, mientras que los incoloros carecen de estas impurezas.
Respecto a su procedencia, Australia es actualmente el mayor productor mundial de zafiros, sobre todo en las regiones de Nueva Gales del Sur y Queensland, donde se extraen de depósitos aluviales de basaltos erosionados. Los zafiros australianos suelen tener un tono azul oscuro e intenso. Otra fuente notable fue Cachemira, en la India, antaño famosa por sus zafiros azules acianos. En Estados Unidos destaca la mina Yogo Gulch en Montana, aunque la mayoría de sus piedras se destinan a usos industriales más que joyeros.
Historia y simbolismo del zafiro como gema de septiembre
La palabra “zafiro” tiene raíces profundas en la antigüedad, proveniente del latín sapphirus que significa azul, y del griego sappheiros, asociada a la isla de Saphirine en el mar Arábigo, que a su vez deriva del árabe safir. Esta isla fue una fuente importante de zafiros para los antiguos griegos. Alrededor del año 7 siglos antes de Cristo, los etruscos ya valoraban estas piedras, mientras que los antiguos persas los conocían como la “Piedra Celestial”. Para los griegos, el zafiro era sagrado para Apolo, dios de la profecía, y quienes acudían a su templo en Delfos solían portar zafiros en busca de su favor.
Más allá de la mera joyería, en la Edad Media el zafiro simbolizaba la pureza del alma y se utilizaba para proteger contra pensamientos impuros y tentaciones carnales. Reyes medievales lucían sus zafiros en anillos y broches, convencidos de que los salvaguardaban contra el daño y la envidia. En las tradiciones matrimoniales, los guerreros regalaban collares de zafiro a sus esposas jóvenes para asegurar su fidelidad; además, se creía que la piedra oscurecería su color si quien la llevaba era infiel o indigna de su poder.
Otras creencias antiguas atribuían al zafiro propiedades protectoras contra serpientes y arañas venenosas, que supuestamente morirían en contacto con la gema. En la Francia del siglo XIII se pensaba que el zafiro podía transformar la estupidez en sabiduría y el mal genio en temperamento apacible.

Los zafiros más ilustres
Entre las piedras más conocidas en el mundo, destaca un zafiro que forma parte de la Corona Imperial británica, usada por la reina Victoria en 1838. Este zafiro perteneció a Eduardo el Confesor, quien lo lució en su anillo durante la coronación en 1042, y desde entonces se le conoce como el Zafiro de San Eduardo.

En resumen, el zafiro es la piedra de nacimiento de septiembre, reconocida principalmente por su intenso azul pero que en realidad puede encontrarse en multitud de colores, cargados de historia y significado.