Desde una vista aérea, la azotea de la M Residence parece haber sido recortada con un cortador de galletas sobre una superficie color terracota. Siete aberturas irregulares interrumpen la rigidez de su perímetro cuadrado, desvelando patios interiores que aportan un oasis verde al corazón de esta vivienda. Situada en la localidad de Lia, en la isla griega de Serifos y con vista al mar Egeo, esta casa diseñada por el estudio MOLD Architects de Atenas ofrece una solución arquitectónica que responde a una problemática recurrente en viviendas con paisajes excepcionales: cómo conectar con el entorno exterior sin perder la intimidad.
Lejos de apostar únicamente por amplios ventanales panorámicos, la casa introduce espacios al aire libre dentro de su huella construida, permitiendo que las habitaciones tengan acceso directo a jardines y luz natural, mientras permanecen protegidas por muros que demarcan claramente cada estancia. Así, M Residence contempla que a veces no se desea contemplar el mar desde todos los puntos de la casa, sino simplemente disfrutar de un pedazo de cielo o de una atmósfera recogida que genere separación y privacidad sin renunciar a la naturaleza.
El recorrido interior está marcado por muros curvos que conectan las diferentes habitaciones con los patios, inspirándose en la arquitectura tradicional de los monasterios cercanos, las construcciones cúbicas de los pueblos isleños y las formaciones orgánicas de muros de piedra seca. Este conjunto genera un ritmo único y armonioso: desde el exterior la casa aparece como un bloque compacto y discreto, pero al entrar se descubre una sucesión de rincones vegetados y pasajes cubiertos que van desvelando el paisaje poco a poco, invitando a la exploración pausada.
El color también desempeña un papel esencial. Un intenso tono rosa terroso recubre paredes y techos, unificando visualmente los espacios a pesar de la complejidad geométrica. A diferencia del blanco inmaculado tan habitual en la imaginería mediterránea, este color cálido dialoga mejor con el terreno árido de Serifos, integrando la casa en el entorno y realzando con elegancia las sombras proyectadas bajo los aleros, que sobre un fondo blanco ofrecerían un efecto muy distinto.
Los muros sólidos se ven interrumpidos por celosías de ladrillo que aportan una textura más delicada sin perder privacidad. En la cocina, el contraste llega a través del mobiliario en madera clara y una ventana panorámica que enmarca el mar, donde una encimera con taburetes invita a disfrutar de una vista cotidiana desde un punto de encuentro doméstico, no relegado exclusivamente a zonas nobles como el salón.
La historia de este proyecto es también relevante: fue concebido por Iliana Kerestetzi, fundadora de MOLD, en 2011, pero permaneció sin construirse durante más de diez años hasta que nuevos propietarios impulsaron su ejecución. Las revisiones arquitectónicas suavizaron y abrieron los espacios hacia los patios, al tiempo que calentaron la paleta de materiales, demostrando la importancia de adaptar un primer diseño para convertirlo en un hogar funcional y adaptable a quienes lo habitan.
En el exterior, la vivienda se asienta sobre un basamento que crea una sombra marcada bajo sus bordes, mientras que una piscina rectangular se sitúa más allá del volumen principal, elementos que aportan una mayor contundencia compositiva y un ligero efecto escénico de suspensión. Sin embargo, son los patios los que dotan de propósito y significado a esta arquitectura de formas escultóricas, ya que transforman las intenciones visuales en espacios habitables donde la naturaleza y el usuario se encuentran.
Aunque las imágenes transmiten una sensación de refugio y armonía con el exterior, no proporcionan información detallada sobre el comportamiento térmico de la casa durante los calurosos veranos isleños ni sobre el rendimiento funcional de sus espacios abiertos frente a los cambios climáticos, aspectos que, aunque importantes, deben valorarse con prudencia sin hacer afirmaciones precipitadas sobre eficiencia energética.
Un detalle especialmente emotivo surge a partir de la intervención de los propios residentes, quienes colocaron una tela blanca colgada bajo una de las aberturas del techo para tamizar la luz solar y añadir una suavidad no prevista inicialmente en el proyecto. Este gesto sencillo humaniza la composición rigurosa y proporciona una sensación de hogar auténtico, demostrando que, más allá de la fotografía perfecta, estas paredes rosas y sus aberturas curvas están vivas y se adaptan a quienes las habitan.